Librería universitaria del Centro Cultural Paso del Norte,
Ciudad Juárez,
Chihuahua, México.
Jueves
29 de noviembre de
2007, 19:00 horas.
Señores y señoras, asistentes
todos.
Cada uno de los que tengan
la oportunidad de leer este libro, seguramente, interpretará la importancia de
los acontecimientos dependiendo de su propio bagaje cultural, social y
literario; así que mientras eso sucede, y más que contarte las fortalezas y
debilidades del libro Un viaje al paraíso chihuahuense, quisiera aprovechar esta
oportunidad para comentarte mis impresiones personales al leer este libro de
testimonio autobiográfico de un profesor de vocación.
Dicho lo anterior, te
agradezco que te des la oportunidad de escuchar las primeras impresiones que
rescaté al leer este libro del profesor, periodista y escritor Román Corral
Sandoval; impresiones estas que te contaré como si pensara en voz alta, para no
robarte la oportunidad y el placer de leer este libro como si fuese tu primera
vez. Disfruta pues, por ti mismo, en cuanto te sea posible, la lectura del libro
que con toda la fuerza de la espontaneidad y la virginidad de sus páginas,
seguramente, te habrá de acompañar en tu propio viaje de retorno al paraíso.
Los protagonistas de este
viaje al pasado, que ahora es el presente, encuentran que el futuro estuvo
siempre esperándolos allá en la barranca, que el paraíso jamás dejó de llorar
por las estrellas fugaces, por las ovejas descarriadas, por el hijo pródigo que
casi a medio camino de su existencia no puede sustraerse a la inevitable
necesidad de volver a la luz, al remanso, a la fuente de la juventud para
recargarse de vida.
Este interesante y
sublimemente significativo viaje de regreso al paraíso sigue dando lecciones a
aquellos neófitos profesores que casi al final del milenio pasado iniciaron su
peregrinar por el mundo de la docencia, pues ahora les enseña que la matriz que
les dio la luz en el ambiente magisterial sigue abierta, y que los ha estado
esperando desde aquel día en que se marcharon anunciando que sería para siempre.
La lección continúa, pues
los maestros jubilados han constatado que la herida que dejó aquel adiós, sigue
abierta, aguardando que el hijo pródigo regrese para recostar su cabeza en el
regazo de la hospitalidad de los habitantes de esa bella región en la que el
autor ha decidido situar al paraíso divino.
El hijo pródigo, la oveja
descarriada y la estrella fugaz vuelven a la fuente de la juventud, a su origen,
a sus raíces, como para darse la oportunidad de perdonar y ser perdonados, de
regresar lo que recibieron y de recuperar lo que dejaron, de cosechar lo que
sembraron y de seguir sembrando lo que otros cosecharán, de enseñar y de
aprender una vez más lo que significa vivir en el paraíso y luego perderlo
gracias a las decisiones que su libre albedrío les dictó en su momento.
La experiencia de su primera
vez en la docencia dio a nuestros protagonistas la energía necesaria para vagar
por las escuelas de la patria por más de un tercio de siglo. Energía esta que se
convirtió en luz que iluminó el cerebro de varios miles de seres humanos de
todos los confines de México, especialmente de los niños que como semillas
lograron crecer para desarrollarse en plantas que luego produjeron semillas que
produjeron plantas en un ciclo interminable que enseña al maestro rural el
secreto de la existencia y el milagro de la vocación, el valor de la misión y el
poder de la visión.
Humberto Quezada Prado, en
sus Cuentos de Francisco Machiwi, nos hace inferir que el paraíso está en algún
lugar entre Nonoava y Guachochic, y lo sigue buscando en sus ejercicios
literarios. Román Corral Sandoval, en cambio, no duda ni por un instante de la
existencia de este lugar, y lo ubica exactamente en la barranca de Batopilas.
Volver al paraíso, ¡qué
divino privilegio!, qué maravillosa oportunidad para aquellos que en la
oscuridad de las barrancas de la ignorancia y de los valles sembrados de
desolación y plagados de acantilados, de oscuros abismos y ríos caudalosos,
lograron, con sus conocimientos, pero sobre todo con su dedicación y con su
vocacional entrega encontrar el camino de regreso al paraíso.
En la profundidad de la
barranca, en lo más bajo del abismo terrenal de la región de Batopilas, en la
inmensidad del firmamento plagado de estrellas visto desde el punto exacto en
que Román Corral Sandoval volteó su mirada al universo, el autor se re-encontró
una vez más a sí mismo, y se reconoce pequeño, insignificante, humilde, rendido
ante la fortaleza de los indígenas rarámuris y de los chabochis de la región,
que con su callado sacrificio dan una más de las lecciones que el ser humano de
todas las latitudes debe aprender, la lección de humildad ante el soberbio, la
lección de la fortaleza de espíritu ante la debilidad de las pasiones humanas de
los caciques terrenales.
Román Corral Sandoval se
reconoce pequeño ante la intensa belleza de los paisajes naturales, ante la
poderosa corriente del río Batopilas, ante la impresionante soledad en medio de
la nada, pero a pesar de todo, se sabe en el centro del universo, y lo disfruta.
Le subyuga la hospitalidad
del habitante de esa región, le impresiona la naturalidad con que ellos conviven
con la divinidad que los cobija, pero que jamás se crecen ante los demás, sino
que se someten ante el fuerte, ante el poderoso, como una espontánea muestra de
grandeza.
En esta historia, cuando el
indígena se doblega ante el cacique, ante el soberbio poderoso, no está dando
una muestra de debilidad, sino una prueba de la grandeza de espíritu, del
espíritu cuya nobleza no se mide por la cantidad de posesiones materiales, sino
por la calidad de los valores que la tradición ha acrisolado en esta milenaria
forma de entender el mundo.
En las cuatro décadas que
siguieron al primer viaje que Román Corral Sandoval realizó a la barranca de
Batopilas, jamás perdió de vista la Misión de Satevó ni tampoco se alejó un solo
momento de su existencia de lo que considera la visión del paraíso chihuahuense.
El río Batopilas sigue
siendo uno de los cuatro senderos por donde los dioses del universo riegan el
paraíso, para beneplácito de sus habitantes, y de los visitantes ocasionales que
con traje de profesores, de médicos, de políticos o de turistas descienden de
cuando en cuando hasta el abismo inundado por la increíble belleza de la
barranca chihuahuense.
Román Corral Sandoval nace
como profesor en Batopilas, compartiendo el pesebre milenario con sus dos
amigos, que 34 años después regresan, como profetas a su tierra dispuestos para
ser juzgados, y quizás, crucificados, porque ellos saben que no podrían
descansar en paz si el inevitable viaje sin retorno los sorprendiera en el
camino.
Al completar pues su viaje a
Batopilas, Román sabe que ya está listo para lo que sigue, pero además, se
encuentra con que ha resucitado en él el espíritu que lo marcó para siempre,
porque jamás dejará de ser maestro, y a pesar de no ser oriundo de esta región,
Román Corral Sandoval, en su resurrección se adopta a sí mismo y se da carta de
naturalización como un hijo más del paraíso chihuahuense, porque como él mismo
dice en su libro: “aunque en 1970 leía casi en tinieblas, Batopilas le dio luz a
mi espíritu”, un espíritu viajero que seguramente lo llevará en las próximas
décadas a seguir leyendo y escribiendo el testamento de su vida magisterial, y
literaria.
El autor, tiene anhelos,
sueños y temores que externa cuando por las noches, en la soledad y en la
oscuridad de su Casa del maestro dice:
“Se me agotaron los
cerillos, las velas, las baterías de mi lámpara, la comida, y cuando conseguí un
poco de dinero preferí usarlo en comprar cerillos y velas, porque la oscuridad
fue por varias días casi total en mi cuarto, por eso ansiaba la luna llena.
Necesitaba la luz para seguir leyendo y creando materiales para impartir mi
lección. Cada luna llena era de fiesta en mi habitación, porque la luz entraba
por las ventanas y por los agujeros del techo, y yo podía seguir leyendo.”
El autor confiesa que por
momentos imaginó que aquella ruta que la luna llena seguía en la estrellada
bóveda celeste era la misma que ilumina “…el lugar a donde van a descansar por
toda la eternidad las almas de las personas buenas que han iniciado el viaje sin
retorno!”
En 1970, Román Corral temía
no amanecer vivo, dormía vestido y con sus zapatos tenis puestos, como si
aquello le fuese a salvar de alguna picadura de insecto venenoso.
Cuando viajan en la troca de
redilas por el camino que serpentea ascendiendo y descendiendo cerros al costado
del río, dice Román que si la troca se hubiese desbarrancado “…hubieran
terminado para siempre nuestros sufrimientos y congojas”
El sufrimiento por haberse
alejado del paraíso y por no haber podido regresar antes, durante las últimas
tres décadas, le ha creado a estos tres viajeros, la urgente necesidad volver,
casi como si estuviesen dispuestos ya a morir en paz.
Pero están tan enamorados y
agradecidos del paraíso del que nadie los expulsó, que nuestros viajeros ya han
expresado su última voluntad. A sabiendas de que provienen del polvo y de que al
polvo regresarán, ellos desean que al emprender el viaje sin retorno, sus
cenizas sean esparcidas en el interior de la Misión de Satevó o de plano regadas
por la Barranca de Batopilas.
El viaje al paraíso
chihuahuense no estaría completo si nuestros viajeros no hubiesen tenido la
dicha de encontrarse cara a cara con el creador del universo, y es exactamente
lo que les sucedió cuando contemplaron por primera vez la magnificencia de la
barranca de Batopilas, la exuberante vegetación, la corriente del río Batopilas,
la inmensidad del firmamento, el poder de regeneración de la naturaleza, la
muestra del origen de la vida, la profundidad de los acantilados, de los
inimaginables abismos.
Mientras avanzan por el
camino de regreso al paraíso, aunque lo recorren 34 años después, aún les sigue
atemorizando, por la irregularidad del terreno, por la brevedad del camino en el
que su medio de transporte apenas sí encuentra espacio para recorrer de subida o
de bajada las cerradas curvas al borde del precipicio.
Ahí es donde Román dice que
guardar el equilibrio es vital, tanto como respirar o comer. Pero no solo se
refiere al equilibrio al avanzar por el camino que desciende a la barranca, sino
al camino que asciende hacia una plenitud de vida, que con esfuerzos y
sobrehumanos sacrificios él y sus amigos han logrado llevar a lo largo de su
carrera magisterial. Así pues, ellos vuelven al paraíso para recargarse de
energía, pero sobre todo para recuperar su sentido del equilibrio al ir por la
vida. Pues ya que se ha conocido la Barranca de Batopilas, dice el autor, “uno
nunca vuelve a ser el mismo.”
Desafortunadamente, cuando
Román vuelve a Batopilas, tres décadas después, comprende que el paraíso
chihuahuense sigue siendo mordido por la maligna serpiente de la pobreza y de la
marginación social, en la que los rarámuris siguen siendo las víctimas más
indefensas. Román ve, con tristeza, que la serpiente sigue ofreciendo la manzana
de la discordia a los habitantes de Batopilas, sigue mordiendo la raíz, el
surco, el río, el pueblo, las costumbres, las tradiciones, etc.
Sin embargo, y a pesar de
todo, la hospitalidad de los habitantes de esta región hace que Román recupere
su fe en el paraíso y promete, hasta donde su salud le permita, seguir
escribiendo, como su propia manera de elevar un llamado, una protesta, un grito
de desesperación para que, de alguna manera, fluya el auxilio hacia los seres
marginados de esta región, que por casi un siglo parece haber sido abandonada
por el mismo Creador.
Gracias por su atención a
mis pensamientos en voz alta.