Profesores Fundadores
Por: Paulino Arreola
Artículo publicado inicialmente en la Revista
Gaceta Magisterial
No. 23 marzo abril 2005, pp. 25-26.
Cd. Juárez, Chihuahua.

Aunque el magisterio es una institución grande, unida y
poderosa en sí misma, tanto por sus fines como por sus componentes, existe
dentro de este peculiar conglomerado una gran diversidad de profesores y
profesoras. Hay docentes que se mueren en la trinchera después de acabarse las
uñas y la vista frente al pizarrón durante toda una vida. Hay profesores y
profesoras cuya vida magisterial transcurre en las labores loables de defender
los derechos y las conquistas laborales de los trabajadores al participar en
comisiones y puestos sindicales y/o políticos. También los hay, aunque mínimos
casos, pero lamentables, aquellos que nunca entendieron la profesión del docente
y sólo se dedicaron a: “ir a trabajar” y al: “ellos hacen como que nos pagan y
nosotros hacemos como que trabajamos”. Afortunadamente, también existen los
Maestros de Maestros que cada año engendran y pulen las habilidades pedagógicas
de las nuevas generaciones de docentes que van a engrosar las filas del
magisterio en las regiones aisladas del estado y del país. En fin, existe en
México y en el mundo una gran cantidad de trabajadores de la educación con
diversas funciones, actitudes y rutas que cada día persiguen como su apostolado.
Sin embargo, hoy me concretaré a escribir acerca de esa rara especie de docentes
que, teniendo casi todo lo necesario para trabajar en su salón de clases como
docentes o en sus escuelas como directivos, deciden ir en busca de cosas nuevas
o extraordinarias, aunque no tenían qué hacerlas. Me refiero a los maestros
fundadores de escuelas.
Los maestros fundadores son aquellos que dejan la
“comodidad” de su centro de trabajo en donde se desenvuelven para irse a fundar
escuelas en lugares en los que a veces ni terreno propicio existe para “echar a
andar” un nuevo plantel escolar. Aparentemente ellos no tienen necesidad de ir a
fundar escuelas porque ya trabajan en una que no necesariamente es la escuela
ideal porque siempre tiene carencias de diversa índole, pero que les da cobijo y
les inspira a hacer siempre algo más en beneficio de la escuela y de la
comunidad en la que está inmerso su centro de trabajo.
¿Qué los motiva a dejar sus grupos o la dirección de
sus escuelas ya establecidas para irse a levantar censos de población, inscribir
alumnos, llenar varios kilogramos de documentación y en agosto empezar las
clases al aire libre, sin salones, sin sanitarios, sin mobiliario, sin la
seguridad de que la Secretaría de Educación Pública les enviará profesores? ¿Qué
satisfacciones encuentran en dejar lo conocido para irse a la escuela de Nueva
Creación que ni nombre ni clave de identificación tiene al principio? ¿Qué hace
que ellos dejen todo lo que tienen para irse a donde no tienen nada más que el
sol del mes de agosto que les calcina la piel por la falta de por lo menos un
árbol bajo cuya sombra poder cobijarse?
Aquellas y muchas otras preguntas me hago cuando
intento comprender la ideología y la fuerza que mueve a los maestros fundadores,
y que seguramente todas ellas dejaré sin contestar porque yo nunca tuve el valor
-o la locura- de irme a fundar una escuela. Tendré que preguntarles a los dos
únicos que me ha tocado conocer: me refiero a los profesores Lorenzo Peña
Bañuelos y Jacinto Canales Carrillo.
Lorenzo y Jacinto tenían doble plaza, ambos eran
directores y profesores de grupo y tenían muchos proyectos en proceso en sus
escuelas. Habían demostrado ser tan buenos maestros que en muchas ocasiones
chocaron con sus compañeros porque sus ideas iban a veces más allá de lo que
todos estaban dispuestos a hacer y otras veces quizás porque sus proyectos no
fueron entendidos a cabalidad. Hubo proyectos en los que fueron líderes y otros
en los que siguieron al líder sin chistar. Siempre quisieron lo mejor para sus
escuelas, pero un día dejaron todo para irse a volver a empezar.
El día que fui a conocer la escuela de Nueva Creación
que Jacinto estaba fundando en Riberas del Bravo, se me humedecieron los ojos al
ver el estado tan deplorable y las condiciones en que se encontraba el avance de
su centro de trabajo. Jacinto tenía un terreno muy grande que el fraccionamiento
había destinado para que se construyera la escuela, según la ley establece. En
el centro del terreno había un viejo escritorio que en alguna escuela habían
desechado. Ahí estaba el “profe” Jacinto, inscribiendo alumnos cuyos padres
hacían fila desde temprano para que sus hijos tuvieran un lugar asegurado a
pesar de que el año escolar estaba ya iniciado. Aquel viejo escritorio era todo
el mobiliario existente y Jacinto parecía ser parte del inventario.
-Inscribe todos los niños que lleguen -le había dicho a
Jacinto alguna autoridad educativa en el mes de febrero, justo en el período de
inscripciones anticipadas-, ya veremos como les damos acomodo en agosto.
Sin embargo, al iniciar el ciclo escolar no había en
donde acomodar a los novecientos cincuenta alumnos procedentes de muchas
colonias de la ciudad para estrenar sus casas. El Profe Jacinto apartó unos
noventa niños y se fue a una esquina del terreno escolar, el profe Trini hizo lo
propio y se llevó a más de cien a una lomita justo en el centro del lugar. La
maestra Iris Arminee y el profesor Pedro Luis, recién contratados y desempacados
de la escuela Normal del Estado apartaron sus propias lomas o esquinas y ahí
empezaron a dar la lección con los niños sentados en la arena hasta la hora en
que el sol empezó a hacer estragos en todos ellos. Luego todos se marchaban con
mucha tarea para volver al día siguiente con la esperanza de encontrar ya los
salones móviles y los sanitarios prometidos.
Los progenitores molestos diariamente iban y venían
desde la “escuela” hasta las oficinas de la Coordinación de Primarias y siempre
los regresaban esperanzados y satisfechos con las respuestas recibidas:
-Les vamos a traer salones móviles por mientras se
construyen los salones fijos, sólo faltan algunos trámites legales, ya que los
salones están siendo transportados desde los Estados Unidos –les informaban.-
Les vamos a enviar suficientes profesores para que atiendan a sus hijos, no se
preocupen.
Algunos padres comentan que el problema fue creado por
los constructores del fraccionamiento, ya que ellos deberían incluir en su
presupuesto el costo de la construcción de la escuela. Otros dicen que la culpa
la tiene el gobierno por autorizar la construcción de fraccionamientos nuevos
sin todos los servicios, incluida la escuela. Algunos padres molestos dicen que
el problema es de las autoridades educativas, pues no previeron el problema que
se avecinaba por la construcción de doce mil viviendas nuevas. Las causas y los
culpables podemos ser todos, incluidos los maestros fundadores que se atrevieron
a inscribir alumnos sin tener la infraestructura necesaria para recibir a tanto
alumno al inicio del ciclo escolar.
¿Será que estos maestros están empeñados en trabajar en
la escuela ideal y consideran que la única manera de lograrlo es construyéndola
desde sus cimientos para hacerla a su gusto? ¿Por qué gastan sus energías y sus
dineros en fundar una escuela en la que ni siquiera podrán escoger a los
profesores, ni a los padres de familia, ni a los niños para hacer la escuela
ideal?
A pesar de no tener la más remota idea de las razones
que mueven a los maestros fundadores, me atrevo a dar gracias a todos ellos y
deseo sinceramente que nunca dejen de existir. Pues gracias a gente como ellos
yo puedo tener una escuela en donde trabajar, y mi hijo una escuela a la que
puede asistir para seguir construyendo los cimientos de su vida. No debemos
olvidar que las miles de escuelas existentes, a todo lo largo y ancho de nuestro
país, iniciaron con un atrevido que no tenía necesidad de hacerlo ni llevaba un
beneficio particular al dejarlo todo para empezar de la nada.
Después de algunos intentos fallidos en mi reflexión
para encontrar las motivaciones de los maestros fundadores, me doy cuenta que no
es posible llegar a una conclusión y en cambio prefiero quedarme con la idea de
que ellos son los más ilógicos de todos nosotros, quizás hasta un poco locos.
Pero reconozcamos que los ilógicos y los locos son los que a lo largo de la
historia han hecho que las cosas sucedan. Recordemos pues hoy a un Guillermo
Prado, a un Carlos Urquidi Gaytán, a un Félix Manuel Carrasco Almaraz, a un
Lorenzo Peña Bañuelos y a un Jacinto Canales Carrillo como seres ilógicos que se
atrevieron a realizar empresas colosales por su voluntad, porque, como ya lo
dije, no tenían por qué hacerlo.
Finalmente, me atrevo a aseverar lo siguiente: ningún
profesor que lea este artículo podrá negar que, directa o indirectamente, tiene
empleo en una escuela gracias a alguien que un día tuvo el valor de hacer lo que
parecía imposible, lo que nadie más haría, lo que dábamos por hecho, pero que
alguien tenía que hacerlo. Gracias maestros fundadores, gracias maestros
extraordinarios.
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